¡Qué malos gobernantes!
Sinkronia, por Raul Colin — By mojeda on Mayo 13, 2010 at 12:14 amLo que hagas será insignificante, pero es muy importante que lo hagas.
Mahatma Gandhi
No es raro escuchar en cualquier plática, quejas sobre la actuación de nuestros gobernantes, ya sean del orden federal, estatal o municipal. Los descalificativos llueven, las malas palabras afloran, el cansancio del ciudadano sale a flote. No existe tampoco empacho es descalificar la actuación de diputados y senadores. Son, parafraseando al ex presidente Salinas, “los villanos favoritos”. Cualquier situación negativa en el país, sencillamente se las achacamos a ellos.
Si bien es verdad que muchos de los graves problemas que aquejan a nuestro país, se derivan de malas decisiones, corrupción o falta de capacidad de gobernantes, es también cierto, que los ciudadanos somos coparticipes de los grandes males que aquejan a México. Así que habría que añadir a estos calificativos ¡Qué malos gobernantes, qué malos ciudadanos!
Y no es que defienda a la clase política, al contrario, me queda claro que son responsables en gran medida del atraso en el que vive nuestro país, pero no puedo exonerar a los habitantes de México, que no ejercen su ciudadanía y que contribuyen con sus actos, a que ésta, que podría ser una gran nación, siga navegando en la mediocridad.
Es muy importante que recapacitemos en la importancia de hacer la parte que nos corresponde, participando, actuando, siendo propositivos, y dejando de ser mudos espectadores.
México esta fueran del contexto de competitividad mundial, simplemente porque los ciudadanos lo hemos permitido, ya que nos convertimos en cómplices de quienes se creen dueños del país.
Desde los ciudadanos modestos, que permiten que los partidos políticos lucren con sus votos, hasta los que se dejan acarrear a los mítines, a cambio de promesas que no se cumplirán, solamente por unos cuantos pesos y una camiseta, así como los empresarios poderosos, que en público alaban al gobernante en turno, y en privado cuentan las componendas que hicieron con él, para ver favorecidos sus intereses; todos son igualmente culpables de esta práctica que nos mantiene hundidos.
¡No basta quejarse!, hay que poner acción a las palabras y hacer algo por nuestra comunidad y por nuestro país, dejando atrás la comodidad y el egoísmo. (¿Para qué me meto en broncas?, si yo estoy bien, solemos escuchar cuando pedimos la participación de alguien).
Estamos entrampados en el famoso precepto de “dejar hacer, dejar pasar” que Adam Smith acuñó como un principio económico y que ahora es cotidiano. No queremos mover un dedo, si no existe una amenaza en contra de nuestros intereses o un beneficio. Como dirían los psicólogos, cambiamos sólo por dolor o por placer. Rara vez por conciencia o convicción.
Somos un pueblo acostumbrado a pedir, y a dar poco, a que nos resuelvan la vida, con la ley del mínimo esfuerzo, yo creo que también los políticos están cansados de atender peticiones insulsas de una ciudadanía apática. Fardos de lámina, un terrenito, dinero para una boda o un bautizo, medicinas, un campito de fútbol, y mil cosas más, se le piden a quien se ostente como autoridad, sin que en la mayoría de los casos, el ciudadano esté dispuesto a hacer nada.
Recuerdo, hace años, cómo en una apartada región de Cancún, vi volar por una ventana una bolsas de basura, que se esparció de inmediato por la calle, me asomé a esa casa, y vi un hombre, en su hamaca, que descansaba a las 11 de la mañana, le pregunté el porqué de su acción y sin mirarme me comentó “qué lo recoja el gobierno, es su obligación” no omito decir que su casa estaba descuidada y sucia. Metros adelante, una casita igualmente humilde, pero limpia y pintada, con plantas en rústicos botes de alimentos vacios, ofrecía otro panorama. Sin duda la única diferencia entre una y otra, era la educación y la actitud de sus moradores.
En todas las escalas sucede lo mismo. Muchos padres de familia se quejan de la violencia y la anarquía, sin embargo, permiten que sus hijos menores de edad conduzcan vehículos sin licencia y pasen excelentes fines de semana en antros, donde se les permite ingerir bebidas alcohólicas, permitiendo que se viole la ley.
Nos quejamos de la corrupción del gobierno, misma que nosotros propiciamos, pues la famosa “mordida” es un mal de dos partes, el que la pide y el que acepta darla. Quisiéramos vivir en un país con orden y principios, pero no somos capaces de propiciarlos.
¡Hay que actuar! Ya basta de sólo quejarnos, de sólo ser capaces de denunciar en “pláticas de amigos”; en principio, no propiciemos la corrupción, denunciemos a las autoridades que la propician. No enseñemos a nuestros hijos a violar la ley, a través del ejemplo cotidiano de hacerlo. Queremos un país justo, pero nos estacionamos en doble fila, estorbando, o en un lugar reservado para minusválidos, para no caminar más. Nos metemos en la fila del cine, sin respetar a quien llegó antes que nosotros, o buscando un conocido; como estos simples ejemplos, existen cientos, de cómo todos los días, somos pésimos ciudadanos.
Ciudadanos mediocres, generan políticos malos, personas poco participativas, ayudan a que la corrupción sea cada vez mayor. Los padres de familia, que violan la ley, “un poquito, nada más” educan a futuros delincuentes.
¡Vamos a comprometernos!, y dejar de culpar a los demás. Cuando cambiemos… cuando seamos mejores ciudadanos, entonces sí, la clase política temblará, ante una sociedad participativa, ¡que sabrá exigir!, mientras eso no ocurra, NADA CAMBIARA.
Tags: Opinion


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